El pasado jueves, día 14 de noviembre, a las 17 horas, 43 minutos, y 39 segundos, estaba no sé dónde ni por qué, cuando un tipo me dijo:
-Me llamo Gervasio, pero llámame Ños.
Yo no tenía ningún afán belicoso, aunque ante semejante atropello, sólo puedes hacer una cosa: levantar las palmas de las manos muy lentamente a la altura del rostro para demostrar que no empuñas las tijeras con las que sueles degollar a calvos, y decir:
-Eh, eh, eh. EH. ¡EHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! (berrido y pausa dramática) Perdona, Gervasio. ¿Estamos jugando a las personalidades múltiples? Cuando un policía te detiene y te pide que te identifiques para comprobar si has sido tú quien incendió el restaurante Emerson por dejar de servir pan con mantequilla, ¿le dices al agente de seguridad que sólo respondes al nombre de Excelentísmo Marqués aunque figures en tus documentos como Pedazo de Hez? O lo que sería más lógico y problable, ¿le pedirías que se dirija a tí como "Trasero sarnoso" aunque te bautizaran Mortimer? ¿Por qué ese agente tiene un trato preferencial por tu parte, y yo tengo que inventarme sonidos nuevos para nombrarte? ¿Acabo de hacer una rima? ¿No comprendes que así confundes a la gente, y les obligas a denigrarte? Mira, es igual, joder, que te calles. Espero por tu bien, y lo digo en serio porque aunque no tenga la más remota idea de quién eres te aprecio más que a mi propia vida, pues deseo de todo corazón que lo que tienes en esa jodida cabeza que evisceró el pubis de tu madre no sea un simio tocando el xilófono, sino dos, porque de lo contrario comprendería ese edificante aliento a cebolla pochada.
Esto es todo lo que tengo que decir sobre los apodos y motes. Ojalá estuviéramos en la prisión o nos cambiásemos de sexo para poder utilizarlos, pero la vida nunca ha sido guay.

